Por: Alexander Sonador
El 2019 no fue una moda ni un arrebato. Fue cansancio acumulado. Fue el cuerpo diciendo basta cuando la cabeza ya no daba más. Corrupción, abusos, alzas, humillaciones cotidianas. Un país empujado al límite decidió salir a la calle, no por ideología fina, sino por dignidad básica. Y en ese salir, el Estado respondió con violencia. Hubo muertos, mutilados, quemados, encarcelados. Gustavo Gatica no es un símbolo abstracto: es un nombre propio que nos recuerda que el poder estuvo dispuesto a cegar para sostener el orden.
“No son 30 pesos, son 30 años” fue una verdad compartida, casi instintiva. Pero hoy esa verdad choca de frente con la impunidad más descarada. Claudio Crespo absuelto, incluso con pruebas comprobadas. El mensaje es brutal y directo: el que dispara desde arriba no paga. El que recibe desde abajo, aprende a callar. IMPUNIDAD
Y entonces aparece la pregunta que duele más que la derrota del 2019:
¿En qué momento pasamos de no aceptar 30 pesos, a aceptar que se rían de nosotros?
No fue de un día para otro. Fue desgaste. Fue pandemia. Fue sobrevivencia. Fue miedo. Fue fragmentación. Fue el cansancio mental y físico de un pueblo que no logró convertir la revuelta en cambios materiales concretos. Porque no llegaron los mejores sueldos. No mejoró la salud. No mejoró la educación. Los viejos siguen contando las monedas para llegar a fin de mes. La vida siguió igual… pero con más heridas.
La impunidad no ganó sola. Ganó porque hubo cómplices: los que callaron, los que negociaron, los que votaron leyes que aseguraron perdón retroactivo, los que se acomodaron. Pero también ganó porque el proyecto colectivo se fue diluyendo y el “sálvate solo” empezó a pesar más que el “nos salvamos juntos”, “Nunca mas Solos”.
Eso es quizás lo más doloroso: no la derrota política, sino la derrota afectiva.
La pérdida de la solidaridad cotidiana. Del saludo. De la sonrisa en la calle. De la plaza como espacio común. De la sensación de que el otro no es amenaza, sino compañero.
Y sin embargo ese sentimiento no desapareció del todo. Está golpeado, sí. Está escondido, agotado, desconfiado. Pero sigue vivo en la misma contradicción misma. En un pueblo que, aunque sabe que las grandes empresas se aprovechan evadiendo impuestos, igual va a la Teletón; que después de terremotos, incendios y dictaduras, siempre vuelve a extender la mano. Ese gesto no es ingenuidad: es identidad popular.
Por eso lo que vivimos hoy no es solo avance del fascismo o de la impunidad. Es también una crisis del sentido colectivo. Nos quieren acostumbrar a una vida como la del carnicero: dura, cínica, sin empatía, donde el otro es desechable. Y ahí está el punto político central, la negativa a aceptar esa forma de vida.
No se trata de octubrismo, ni de etiquetas ideológicas. Se trata de algo más simple y más profundo: querer vivir sin miedo, sin impunidad, con vínculos humanos mínimos. Poder salir, mirar al lado, saludar, compartir el espacio común sin sospecha. Creer que aunque cueste, algo distinto sigue siendo posible.
Y si algo nos dejó el 2019 —más allá del trauma y la derrota institucional— fue la certeza de que cuando nos encontramos, algo se mueve. Que vernos los cuerpos, escucharnos las voces, reconocernos en la misma rabia y en la misma ternura, rompe el aislamiento que hoy nos imponen como forma de control. El poder no teme a la indignación individual; teme al momento en que volvemos a mirarnos y dejamos de sentirnos solos.
Tal vez el desafío no sea “volver a estallar”, sino volver a encontrarnos. Volver a la plaza, a la conversación honesta, a la organización mínima. Reaprender el gesto sencillo de confiar. Porque las raíces populares no murieron: quedaron bajo tierra, dañadas por la represión, la desilusión y el miedo, pero siguen ahí. Y las raíces no hacen ruido cuando crecen; trabajan lento, profundo, esperando condiciones para volver a florecer.
Chile después del grito no es un país dormido: es un país herido que todavía respira. Y mientras exista la necesidad de vernos de nuevo, de reconstruir vínculos, de negarnos a vivir como si la crueldad fuera normal, esa herida no se cierra en derrota. Se convierte en memoria activa. En posibilidad. En la promesa todavía frágil, todavía incierta de que lo popular puede volver a brotar, incluso desde el cansancio aun podemos tener un nuevo despertar y un nuevo amanecer.


