No es solo una crisis cíclica. Es el ocaso. Lo que presenciamos no es un simple tropiezo en la historia del capitalismo, sino el agotamiento estructural del proyecto imperialista liderado por Estados Unidos. Los análisis fríos de los datos, que la burguesía intenta maquillar, revelan una verdad incómoda para los amos del mundo: el centro dinámico del capitalismo se ha desplazado irrevocablemente de Occidente a Oriente, y el viejo orden se resquebraja desde sus cimientos. Este declive no es un accidente, sino el resultado de las contradicciones inherentes al propio sistema, que en su fase senil, se manifiestan como una combinación letal de negación imperial, crisis económica estructural, radicalización juvenil y colapso político interno.
Desde nuestra trinchera en Nuestra América, lejos de los centros de poder pero cerca de las consecuencias de su voracidad, vemos con claridad el panorama. La sociedad estadounidense es un espejo deformado de lo que el capitalismo financiarizado ofrece a la humanidad: una bifurcación estructural obscena. Mientras una ínfima minoría, ese 1% del electorado, nada en una «cornucopia de riqueza material» extraída del sector financiero-especulativo, la gran mayoría de la clase trabajadora se hunde en el pantano de la deuda y la inflación. Este no es un «efecto colateral»; es la esencia de un sistema que parasita el trabajo real.
El motor de esta economía, impulsado por deuda y consumo durante cuatro décadas, ha mostrado su falla terminal. Nos quieren vender la Inteligencia Artificial como la nueva salvación, pero los hechos son tozudos: el 95% de las empresas que usan IA no ven beneficios tangibles en la economía real. Mientras, los mercados bursátiles, ese casino de los ricos, suben un 70%, pero las vacantes de empleo en EEUU se desploman. Esta es la demencial lógica del capital: valoriza el capital ficticio mientras desvaloriza la vida de las personas.
Y son precisamente las personas, los jóvenes, quienes empiezan a leer la realidad con una lucidez que aterra a la clase dominante. La generación de 20 a 35 años, radicalizada e irritada, es el producto lógico de un sistema que les niega el futuro. ¿Cómo no van a estarlo si la edad para acceder a una vivienda propia se retrasa hasta los 38 años? Esta no es una «crisis generacional»; es una expropiación generacional. El sistema les ha robado la estabilidad y, al hacerlo, siembra los vientos que recogerá en tempestades de indignación. Su radicalización no es un problema de «inmadurez», sino la primera chispa de la conciencia de clase en el vientre de la bestia.
Frente a este colapso en cámara lenta, la respuesta del imperio es la negación y el teatro. Sus líderes, prisioneros de su propia ideología, son incapaces de reconocer la decadencia. En lugar de ello, recurren a viejos y desgastados guiones: reafirman la anacrónica Doctrina Monroe y fabrican pretextos como el «narcoterrorismo» para justificar su agresión contra Venezuela y otros pueblos que osan construir su propio destino. Es el mismo patrón de siempre: la externalización de la crisis, la búsqueda de chivos expiatorios para no mirar al cáncer interno.
Ese cáncer interno tiene un nombre: la deuda. Una deuda nacional de $38 billones que es la lápida de la solvencia imperial. Han perdido la preciada calificación Triple A porque ya ni siquiera las agencias cómplices pueden tapar el sol con un dedo. Los déficits anuales, de $1 a $2 billones, son el síntoma de una parálisis terminal: no pueden gravar a los ricos (sus donantes) y no se atreven a gravar más a las masas (sus votantes), así que la impresión de dinero y el endeudamiento son su único «recurso».
En este contexto, el consenso político se desintegra. El bipartidismo, esa farsa de la democracia burguesa, se revela como lo que siempre fue: una lucha entre facciones de la élite que, ante la escasez, se desgarran con un «nivel alarmante de hostilidad». La deslegitimación mutua sustituye al debate. Incluso en el Partido Demócrata, el éxito de un candidato socialista como Mamdani en Nueva York provoca pánico y desunión, mostrando que el malestar ya atraviesa sus propias filas.
¿Y cuál es la salida para nuestro pueblo y para los pueblos del mundo? La metáfora final es poderosa: el imperio es un barco que se hunde, con la banda tocando y la tripulación discutiendo. Nosotros, desde el Sur Global, no debemos aspirar a subir a ese barco ni a repararlo. Nuestra tarea es construir nuestras propias embarcaciones, basadas en el poder popular comunitario. La bifurcación que mata a los trabajadores en Estados Unidos es la misma que nos impone el extractivismo en nuestros territorios.
El ocaso del imperio no es una razón para celebrar su caída con frivolidad, sino una advertencia y una oportunidad. Una advertencia sobre el callejón sin salida del capitalismo depredador. Y una oportunidad histórica para avanzar, en medio de la crisis sistémica, en la construcción de alternativas basadas en la soberanía, la integración de los pueblos y la economía al servicio del ser humano, no del capital. Mientras el barco imperial se hunde, nosotros, desde las comunidades organizadas, debemos seguir edificando el mundo nuevo, porque como bien saben los pueblos originarios y los excluidos, la verdadera fortaleza no está en los imperios, sino en la organización del pueblo.



