Fuente: VientoSur
Lo primero que habría que decir es que, en un país en el que el ensayo crítico queda reducido a espacios marginales de la edición, el que existan sellos que bregan, contra viento y marea, por mantener esos espacios, es algo que merece todo nuestro apoyo. En segundo lugar, que si este artículo/reseña (a destiempo, en tiempo) se refiere y comprende dos títulos distintos de los mismos autores: Andoni Alonso, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, e Iñaki Arzoz, investigador independiente navarro: ambos de larga trayectoria de escritura en común bajo el heterónimo de Cibergolem, es porque para entender bien el libro más reciente, Bienvenidos al Colapsoceno: Distopía, horror y tecno-magia 1, de 2023, hay que tener en cuenta, al menos, el anterior, El desencanto del progreso: para una crítica luddita de la tecnología 2, de 2021, pues de este se sigue, sin duda, la lógica del segundo, ya que ambos constituyen una verdadera radiografía, muy fundamentada y extraordinariamente explicativa –de ahí, su interés–, no solo de lo que somos y seremos en las próximas décadas, sino, también, de por qué lo somos y por qué los seremos, lo que es aún más sugestivo.
En El desencanto del progreso: para una crítica luddita de la tecnología, la cuestión que se plantea, básicamente, es la siguiente: si Ned Ludd, el airado y legendario trabajador del condado de Leicestershire de finales del siglo XVIII, que destruyó el telar mecánico que esclavizaba a su novia (cuya acción espontánea inspiró, varios decenios después, al movimiento luddita organizado, vigente durante las primeras décadas del siglo siguiente: nuevos proletarios propagadores de su frontal oposición al maquinismo en que descansaba la Revolución Industrial), y esos primeros ludditas nos vieran pegados a nuestros móviles, ordenadores, tabletas, robots y demás dispositivos electrónicos de los que dependemos y que nos roban las palabras, el tiempo y el cuerpo, ¿qué pensarían, qué harían…?
Seguramente, no se extrañarían de vernos encadenados a eso que los autores del libro llaman tecno-hermetismo o digitalismo (la megamáquina, en suma); no se extrañarían de vernos incapaces, ya, de expresar el mundo si no es apresuradamente, en unos cuantos memes, emoticonos o caracteres (víctimas voluntarias de una progresiva reducción y empobrecimiento lingüístico y discursivo que nos ha alejado del análisis complejo de la realidad) y enfangados en esta especie de “pereza metafísica y nihilista”, virada al mero consumo de cosas, que señala Josep María Esquirol en su prólogo: abducidos por el mantra supersticioso de la innovación y rendidos incondicionalmente a ese particular nihilismo heideggeriano que señalan los autores, según el cual (Heidegger dixit) el destino de la especie humana es la tecnología, por lo que no podemos rebelarnos a su fatal y categórico cumplimiento, aunque ese destino nos lleve, indefectiblemente, a la “destrucción y al dolor”, así como a la fatal renuncia del lenguaje, el marchamo y santo y seña de nuestra especie.
“Esta época apesta a frase hecha”, afirma, en uno de sus aforismos, K. Krauss –uno de los héroes ludditas por excelencia–. ¿Qué diría, en estos tiempos de X…, en los que el significado ha quedado barrido y solo restan significantes vacíos, la mentira convertida en post-verdad…? ¿Qué diría, en fin, de estos –nuestros– cuerpos obsoletos, “transhumanos”, “maquinizados”, mercantilizados y alienados…? Y de estas –nuestras– vidas vaciadas, como vacías quedaron las ilusionantes posibilidades que albergaban las “multitudes sabias” y la “tecnopolítica” o “política2.0”, a principios de este siglo… Qué diría, en suma, de –nuestros– espacios expropiados y enajenados, se preguntan también –¿definitivamente?– los autores.
Sea como fuere, debemos suponer que, si nos vieran, dos siglos después de su aguda y clarividente premonición, esos ludditas de las primeras décadas del siglo XIX no harían más que confirmar sus temores… ¡Os lo avisamos!, nos dirían. La máquina, el maquinismo, desde el principio, fue un constructo ideológico que no nos tuvo en cuenta, un dispositivo ideológico y práctico que no estaba –ni está dispuesto– para nosotros, sino contra nosotros, no hay herramientas neutrales (afirmarían ellos y afirman, también, Andoni Alonso e Iñaki Arzoz). Claro que podría haberse optado por el otro camino, el de nuestra felicidad –la de sus constructores–, pero, desde su diseño inicial, la máquina –desde los telares de vapor y el ferrocarril, hasta la bomba atómica o Internet– no estuvo pensada ni trazada para ello; y esta es, justamente, la tesis central sobre la que se levanta toda la trama argumentativa de este ensayo: que es “el diseño mismo de estas tecnologías lo que lleva al embrutecimiento”, no necesariamente su uso.
Es por todo esto por lo que las distintas respuestas ludditas posibles: intuitivas –irracionales, incluso– o reflexivas, fundadas en los datos, en la razón y en el análisis de las consecuencias, que se han dado a lo largo de estos dos siglos, sean todas explicables e inevitables, aunque, en opinión de Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, lo preferible sea una respuesta reflexiva, crítica y equilibrada, de paciente y “laboriosa resistencia” micro-política, alejada tanto de los ciegos maximalismos desarrollistas y tecnopolíticos, como de “los delirios antitecnológicos”, encaminada a posibilitar un nuevo y efectivo “pensamiento alternativo [al neoliberalismo] de izquierdas”, pragmático, que se centre en los problemas cotidianos de las gentes, de modo que posibilite el surgimiento de un público real, frente a la ilusión de la masa virtual, tal como querían Dewey y Habermas, pues la tecnología, ni siquiera la más potente y desarrollada tecnología digital de la comunicación (la megamáquina comunicacional actual), no es la solución, pues no deja de ser una herramienta, lo que no supondría ningún problema en otras circunstancias materiales (ecosocialistas, por ejemplo), en otros “estilos de vida”, como les gusta decir a los autores, tomando la palabra a Ortega y Gasset.
En efecto, la tecnología digital sería una oportunidad extraordinaria de avance democrático y social, como soñaron los pioneros allá por los años ochenta y noventa del pasado siglo, si no estuviera en manos de nuestros amos, si su desarrollo no hubiera sido el fruto de esta concreta circunstancia material histórica denominada neoliberalismo, porque lo que realmente está en juego –siempre– es la “propiedad del mundo”.
Y, como sostienen Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, en esta “sociedad del espectáculo” neoliberal –tecno-entusiasta y nihilista, a partes iguales–, en esta auténtica guerra por la propiedad del mundo y por el control de la imaginación y de los sueños, la ficción distópica –las ficciones distópicas, hablando en propiedad, ya sean literarias o televisivas y cinematográficas– juega un papel decisivo, convirtiéndose en uno de los teatros de operaciones preferidos en la disputa de ese control, pues las distopías, nos dicen, son uno de los modos de “exorcizar el desasosiego” general ante el futuro preocupante, que la mayoría –se quiera o no– prevé o intuye, convirtiendo esta ansiedad –mediante ficciones apocalípticas sabiamente dirigidas– en gozo estético placentero, dirigido al dominio de la imaginación de las masas (a estas alturas, ya digitalizadas y virtualizadas) y de sus sueños.
La ficción –literaria o no– se ha convertido, una vez más (nunca lo ha dejado de ser, en verdad), en un campo de batalla ideológico –y práctico– esencial; por lo que el dominio de sus códigos y canales, de los relatos, en suma, se ha convertido, también, una vez más (nunca lo ha dejado de ser, tampoco), en tarea primordial, para ellos y para nosotros; tan primordial, como lo es, también, elaborar y oponer una crítica efectiva de las supersticiones tecno-herméticas (e “hipersticiones”) que pretenden convencernos de la salvación mágica de la especie –en realidad, de un grupo muy seleccionado y escogido de ella– in extremis.
Y todo este esfuerzo de confrontación escritural hay que hacerlo a pesar de su inutilidad y cuando los mecanismos del colapso son, en buena medida, ya irreversibles. Y a pesar de que el intento de disputar las ficciones y los sueños que fundamentan el imaginario colectivo está, muy probablemente –casi con seguridad, según los autores–, destinado al fracaso, por lo que no sirve de mucho, ya que la escritura misma, desde hace un tiempo, también resulta un fenómeno inútil, el resto arqueológico de un pasado ya acabado.
Aun así, hay que continuar en la brecha, no abandonar la trinchera, aunque solo sea por ser fieles a esa “política de la impotencia” a la que se refería Ivan Illich, ese “incómodo maestro que siempre nos ha acompañado”, afirman los autores; o por un cierto sentido –ejercicio, dicen, ellos– de dignidad (o porque, si lo podemos hacer, debemos hacerlo, añadimos nosotros), además –añaden, también, ellos– de por el mero gozo de “pensar [y pensarnos] en común”, hasta el final, hasta el definitivo síncope.
Una tarea nada heroica ni grandiosa, que no trata de ofrecer “la piedra filosofal del anticolapaso”, pero sí, al menos, “dejar constancia de las pesadillas intelectuales y culturales que nos asaltan, con todas las incoherencias y vacilaciones correspondientes…”.
Y fruto de ese esfuerzo de resistencia y dignidad es Bienvenidos al Colapsoceno: Distopía, horror y tecno-magia, un volumen-recapitulación, una cuidada selección de trabajos publicados e inéditos, que poseen, según los autores, el mismo “severo y ominoso aire de familia”, por el que se puede reconocer “el terrible signo de los tiempos”; una obra miscelánea que, frente a la terca unidad lógica y argumentativa del otro, se presenta como una “encrucijada heteróclita de textos diversos y dispersos, cada uno con su estilo y enfoque particular, más académicos o más literarios”, pero con idéntica unidad de sentido.
El primer artículo se titula La nueva ciudad de Dios revisitada, dedicado a destripar las claves de la nueva iglesia tecno-hermética del digitalismo, que se extiende por el mundo desde la década final del siglo XX; porque parece indudable que la base del desarrollo y del progreso científico/técnico en Occidente tiene que ver, en buena medida, con la historia religiosa del judeocristianismo, desde Raimundo Lulio, en el siglo XI, a Teilhard de Chardin, en el siglo XX, pasando por los nominalistas del siglo XIV, tal como señala David Noble –al que citan los autores–; como lo es la no menos evidente liaison entre el concepto del tiempo lineal escatológico, redentor, judeocristiano y el concepto de progreso tecnológico indefinido, lineal y salvífico que domina desde la modernidad.
Y es ese carácter religioso –aseguran Andoni Alonso e Iñaki Arzoz– el que se acentúa, hasta el paroxismo, en la última, hasta ahora, versión carismática –neo-testamental, podría decirse–, del férreo credo tecno-hermético digital. Y, como todas las religiones, la religión científico-tecnológica, y su versión tecno-hermética, la “fe digital”, tiene, cómo no, sus propios santos, sus mitos y sus leyendas: en este caso, los más venerados serían: la santa Genética, la santa Inteligencia Artificial, la santa Nanotecnología y la Santa Robótica, entre otras; en las que las y los fieles creen a pies juntillas y de las que esperan el milagro definitivo, que nos salve del Mal, en el último momento.
Porque el pecado, el Mal, en forma de colapso inminente –que ya vislumbraba Max Weber, a finales de la Primera Guerra Mundial–, ha entrado en el mundo global y tecnológico y, en mucha gente, ha quebrado la fe ciega en el poder milagroso y hermético de la tecno-ciencia. Y la duda se extiende, como una mancha de aceite entre la feligresía; localizada, de momento, sobre todo, en una secta herética de renegados y nihilistas que se encuadran en lo que los autores denominan “herejía extincionista”, cuyos representantes más señalados serían Graham Harman, Quentin Meillasoux, Eugene Thacker, Ray Brassier, Reza Nagerestani o el escritor Tomas Ligotti, “que han presentado, un sofisticado análisis filosófico que trata de (de)mostrar la inevitable tendencia a la desaparición de la especie”, pues, para algunos de ellos, en última instancia, nuestra especie no sería otra cosa que un dañino parásito del organismo terrestre, “un error natural” “malignamente inútil” (Ligotti).
El segundo artículo de la serie, que se titula Regreso al Planeta prohibido, dedicado al análisis de la distopía como género disciplinario en términos foucaultianos, comienza con tres extensas citas premonitoras, muy reveladoras, de La tempestad, de W. Shakespeare, de En las montañas de la locura, de Lovecraft, y de El planeta prohibido, de Wilcox; y es un recorrido exhaustivo, a partir del apasionante análisis del significado original –y de las posteriores resignificaciones, de la comedia shakesperiana–, una metaforización, según los autores, del tránsito de la magia a la tecnología como fuerza constructora –y generadora, también– de las utopías de la Modernidad, cimentadas en una previsión optimista del progreso científico-tecnológico (La Nueva Atlántida, de Francis Bacon, es de solo quince años después de La Tempestad), un camino que nos lleva, de las utopías optimistas potenciadas por la ilusión del desarrollo material durante los inicios de la Modernidad –y en periodos puntuales posteriores (como el que va de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, hasta los inicios de los años setenta)–, a la progresiva sustitución de ese optimismo –tras la constatación del fracaso de la tecnología como fuerza constructora de mundos utópicos– por un profundo desencanto, primero, hasta desembocar, luego, en las distopías apocalípticas aleccionadoras (en la época victoriana y en la primera mitad del siglo veinte), desesperadas (como las que provienen del mundo ciberpunk, de finales del siglo XX) y en las distopías decididamente disciplinadoras del siglo XXI.
Y es, en este sentido, por el que una de las cuestiones centrales que se plantean los autores, en este artículo, es la determinación de la causa del por qué estamos, hoy, más preparados para aceptar un relato distópico que otro utópico: el por qué ya no somos capaces de imaginamos siquiera su mera posibilidad –como señala una ristra de analistas que no hace más que crecer, como subraya Elisabet Roselló, que iría de un Fredric Jameson o un Slavoj Zizek, a un Mark Fisher, una Donna Haraway, David Graeber, Franco Berardi o Rebecca Solnit–. De hecho, hace treinta años que no se ha escrito un relato de naturaleza utópica, subrayan Andoni Alonso e Iñaki Arzoz.
La distopía ya lo abarca todo; en la mayoría de los casos, con una intención desmovilizadora y disciplinaria, y como una ruta de escape compensatoria –vía ficción– para nuestros miedos y dudas acerca del cercano colapso. Salvo casos excepcionales, como la “utopía ambigua” de Ursula K. Le Guin, en el mundo anglosajón, o el del grupo que, desde el País Vasco, está detrás del proyecto bilingüe Zirriborroak eta gero. Borradores del futuro: historias y fabulaciones sobre mundos posibles (Consonni, 2023).
La tercera pieza, Un sigilo de magia (k) para la nueva cabeza encantada, nos lleva a la tecno-magia de la Inteligencia Artificial como fenómeno rigurosamente carismático y maravilloso, una especie de versión iluminada de la religión digital tecno-hermética oficial; porque, si hay, hoy día, un intento de “re-encantamiento” del mundo tecnológico, si hay un mito salvífico con el que los amos intentan devolver la fe en el poder de la tecnología a las personas renegadas y a desencantadas, esta es, sin duda, la IA y sus virtudes cuasi mágicas, si no mágicas directamente.
En el cuarto artículo, La brujería como hiperstición, se vuelve la vista al fenómeno de la brujería histórica y a sus dinámicas de irracionalidad/racionalidad, temor y represión, como prefiguración –sostienen, los autores– de la “visión mágico-performativa”, racional/irracional, que nos envuelve, hoy, por doquier.
Si, con la consolidación del capitalismo urbano, la brujería histórica va desapareciendo progresivamente, en la medida que el mundo rural entra en declive y que las mujeres van siendo “disciplinadas como productoras de mano de obra barata”, con su desarrollo y en su máxima expresión, la sociedad de consumo, el capitalismo digital no solo “embruja” la realidad con su enorme potencial de creación de imaginarios alternativos, sino que produce una nueva “brujería como hiperstición” (CCRU 1997-2003), fruto del “pacto diabólico” entre capital y tecnología digital que domina la actual economía especulativa, en la que “las creencias, miedos, esperanzas, anticipaciones, y sus potenciales, son inmediatamente efectivos”, dentro de una especie de alucinación consensuada, según la había nombrado W. Gibson en los años ochenta; tecno-magia que, de rechazo, pero de modo lógico y necesario, “ha creado un cómodo espectro cultural: la ocultura, una viscosa amalgama donde conviven sin orden ni concierto Harry Potter, Halloween el ocultismo de salón, la New Age, H. P. Lovecraft, la hipótesis Gaia, y hasta el transhumanismo y el aceleracionismo…”, pero sin “el potencial emancipatorio” de la vieja brujería precapitalista.
Por su parte, en A mordiscos. Nueva carne, clase media y distopía zombi, los autores profundizan en la alimentación zombi de la nueva clase media zombicultural occidental.
¿Dónde encontrar un nuevo Buñuel, hoy, que haga un retrato de nuestra clase media zombie, tan esclarecedor como el que él hizo, en El discreto encanto de la Burguesía, de la clase media de su tiempo, la de los primeros setenta del pasado siglo?, se preguntan los autores. En este tiempo de ascenso imparable de la distopía, en el que la mera posibilidad de una utopía, por ambigua que sea, nos parece impensable; en el que la distopía zombie se ha convertido en la metaforización más recurrida de los miedos de nuestras clases medias, convertidas en ansiosas turbas “carnívoras” de andantes “caníbales”; en el que la distopía ha devenido en mero “género disciplinario” y en el que la simple palabra revolución nos da risa, salvo que sea la de El Corte Inglés, ¿queda siquiera la posibilidad de otro Buñuel?
Deus ex machina. Esperando al dios venidero, el sexto artículo que compone este libro, se adentra, mediante una deriva dramática teatral, en un fenómeno concreto muy característico de esa masa caníbal: el anhelo de salvación por entes externos, sobre-humanos que se aprecia en la mayoría (superhéroes estelares, en la mayor parte de las fábulas). En H. P. Lovecraft, maestro oscuro, por su parte, se profundiza en algunas de las claves de la figura y de la obra de quien los autores consideran, por lo expuesto, hasta aquí, el verdadero “heraldo del colapso”.
Finalmente, en Colapsoceno. Breve introducción a un curso apocalíptico, Andoni Alonso e Iñaki Arzoz fabulan con la posibilidad de unos estudios formales y reglados sobre el colapso en la Universidad (algo que, dada nuestra capacidad de elusión de la realidad, no podemos descartar), que podrían concluir de un modo tan paradójico –pesimista y esperanzado, a un tiempo–, como lo hacen ellos en Celebrando la edad oscura, el epílogo con el que se cierra el libro, donde nos proponen, cual maestros del coaching para izquierdistas y activistas desencantados –dicen–, concebir este tiempo del colapso como una ventana de oportunidad para algo nuevo y distinto, considerándolo un momento liminar, de “apertura hacia un nuevo ciclo más fértil”.
Y, para cerrar este artículo/reseña (a destiempo, en tiempo), una nota de actualidad, ajena a ambos libros, pero que nos puede servir para contextualizar las tesis del colapso que en ellos se explora. Durante la segunda mitad del mes de agosto tuve la oportunidad de seguir por Internet los cuatro días de la Convención Nacional del Partido Demócrata en Chicago para la nominación de Kamala Harris y Tim Waltz a la presidencia y vicepresidencia, respectivamente, de Estados Unidos; escuché muchas de las intervenciones de representantes de todos los sectores sociales, pero, con especial atención, me fijé en los discursos de los personajes claves de las distintas tendencias que se dan, hoy, entre los Demócratas estadounidenses: el de Alexandria Ocasio-Cortez, el de Bernie Sanders y, por supuesto, los de Tim Walz y la propia Kamala Harris, que era el importante y el decisivo; y la conclusión que saqué de todos ellos es que, en el teatrillo de la política norteamericana, claro que los personajes más amables y simpáticos son los de Walz y Harris, y los más antipáticos, y hasta patéticos, los de Trump y Vance, pero, si nos fijamos bien, tanto en el fondo de lo dicho, como en la forma (no nos confundamos), la verdad es que, en términos globales y de cara a los asuntos realmente importantes a los que nos enfrentamos, da igual quién gane las elecciones de noviembre. Los auténticos amos del mundo, que están en otra parte y que no se presentan a las elecciones, aunque se manifiestan y nos hablan a través de ellos, jamás aceptarán las políticas de planificación, equilibrio global y decrecimiento programado que necesitamos.
En fin, que si Eugene Thacker tiene razón y “el pesimismo es el último refugio de la esperanza”, tal como dejó señalado en su libro de aforismos, Pesimismo cósmico, citado por los autores: ellos mismos, con un servidor detrás, serían –seríamos– unos auténticos pesimistas.
Matías Escalera Cordero es escritor y ensayista.
- 1Bienvenidos al Colapsoceno: Distopía, horror y tecno-magia, de Andoni Alonso e Iñaki Arzoz. Presentación de Adrián Almazán. Irrecuperables, 2023 (278 páginas).
- 2El desencanto del progreso: para una crítica luddita de la tecnología, de Andoni Alonso e Iñaki Arzoz. Presentación de Josep Maria Esquirol. Dykinson, 2021. Patrocinado por la Universidad Complutense de Madrid y la Universitat de Barcelona (167 páginas).


