Comunicado público de la Escuela Popular Permanente – La Comunidad

1. El incendio no fue solo fuego
Los mega incendios que golpearon a varias comunas del Biobío y Ñuble, y en particular a diversas poblaciones y sectores populares de ambas regiones, no pueden entenderse únicamente como una tragedia natural. El fuego arrasó viviendas, memorias y proyectos de vida, pero también dejó al descubierto una realidad que muchas comunidades conocen desde hace años: la precariedad no es un accidente, es una condición estructural.
La falta de planificación territorial, la expansión de intereses económicos sin control social, la ausencia de políticas preventivas reales y un Estado que llega tarde —o no llega— configuran un escenario donde el desastre se repite una y otra vez sobre los mismos cuerpos y territorios.
2. El abandono como experiencia compartida
En las poblaciones y en los barrios afectados, el incendio no se vivió solo como pérdida material. Se vivió como abandono, como confirmación de que la vida de quienes habitan estos territorios vale menos dentro del orden social existente.
Ese abandono se expresa en múltiples dimensiones:
- Viviendas precarias y sin protección.
- Trabajo inestable y mal remunerado.
- Sobrecarga de cuidados, especialmente sobre mujeres.
- Endeudamiento permanente.
- Ansiedad, angustia y desgaste emocional.
Nada de esto comenzó con el incendio. El fuego solo hizo visible una precariedad que ya estaba instalada.
3. Daño socioambiental y devastación de la vida
El incendio no solo arrasó con viviendas y medios de subsistencia humanos. También provocó un daño socioambiental profundo, afectando cerros, quebradas, suelos, cursos de agua, fauna y flora que ya venían siendo degradados por un modelo de desarrollo extractivista y voraz. La destrucción de la vida no humana —animales, ecosistemas, equilibrios territoriales— no es un daño colateral, sino parte de una lógica que subordina la naturaleza a la rentabilidad económica.
Este desastre se inscribe en un proceso más largo de violencia ambiental, donde la expansión industrial, portuaria y extractiva debilita los territorios, aumenta su vulnerabilidad al fuego y pone en riesgo la reproducción misma de la vida. Reconocer este daño es fundamental para proyectar luchas socioambientales que defiendan el territorio como espacio de vida compartida, donde la dignidad humana está indisolublemente ligada al cuidado de la naturaleza.
4. La solidaridad como respuesta inmediata (y sus límites)
Frente al desastre, la primera respuesta vino desde abajo: vecinas y vecinos, voluntarias y voluntarios, organizaciones sociales, estudiantes y trabajadores que se organizaron para remover escombros, levantar ollas comunes, acopiar alimentos y acompañar a quienes lo perdieron todo.
Esa solidaridad es valiosa y necesaria. Expresa lo mejor del pueblo cuando el Estado y el mercado fallan. Pero también sabemos que la solidaridad, por sí sola, no cambia las condiciones que producen el desastre.
Si la solidaridad no se transforma en organización, el ciclo se repite: incendio, ayuda, olvido.
5. Del problema individual al conflicto social
Muchas veces el sufrimiento se vive de manera individual: “mala suerte”, “me tocó a mí”, “no había nada que hacer”. Sin embargo, cuando escuchamos con atención, aparece otra verdad: los problemas se repiten en los mismos territorios y sobre las mismas personas.
Esto no es casualidad. Es el resultado de un modelo que prioriza la rentabilidad por sobre la vida, que precariza el trabajo, mercantiliza la vivienda y abandona a las comunidades cuando ya no son funcionales.
Nombrar esto no es ideología: es ponerle palabras a una experiencia concreta.
6. Reconocernos como parte de un mismo proceso
Cuando compartimos la experiencia, cuando conversamos colectivamente sobre lo que nos pasa, emerge una posibilidad distinta: reconocernos como parte de un conflicto social más amplio.
Ese reconocimiento no exige etiquetas políticas ni identidades previas. No se trata de “ser de izquierda” o de participar en espacios formales. Se trata de algo más básico y profundo: entender que lo que vivimos no es un fracaso personal, sino una injusticia social.
Desde ahí, se abre la posibilidad de pensar juntas y juntos cómo defender la vida, el territorio y la dignidad.
7. Organización desde el territorio y la experiencia
Creemos que la transformación social no se impone desde arriba ni se decreta. Se construye desde la experiencia concreta, desde el territorio y desde los vínculos reales.
Organizarse no es un acto heroico ni inmediato. Es un proceso lento, cotidiano, hecho de conversaciones, cuidados, aprendizajes y decisiones compartidas. Es pasar de la ayuda puntual a la capacidad colectiva de defender derechos y disputar condiciones de vida.
8. Una invitación abierta
Desde la Escuela Popular Permanente y La Comunidad, afirmamos que nadie sobra en este proceso. Cada persona que vive el malestar cotidiano tiene algo que decir y algo que aportar.
Invitamos a:
- Conversar colectivamente sobre lo que nos pasa.
- Cuidar y fortalecer las redes comunitarias.
- Defender el territorio frente al abandono y el abuso.
- Construir, paso a paso, formas de organización que pongan la vida en el centro.
- No ofrecemos recetas ni soluciones mágicas. Ofrecemos caminar juntos, aprender colectivamente y transformar la solidaridad en fuerza social organizada.
- Porque después del fuego, lo que está en juego no es solo la reconstrucción material, sino el derecho a vivir con dignidad en nuestros territorios.
Los procesos organizativos se construyen desde el territorio, con autonomía y protagonismo de las comunidades.

Escuela Popular Permanente/ La Comunidad


