La digitalización neoliberal y la deshumanización del vínculo pedagógico
Por Nahuel
A modo de presentación
En las últimas décadas, la digitalización de la educación ha sido exaltada por los sucesivos gobiernos chilenos- incluido el actual —de distinto signo político pero unidos en su adhesión al paradigma neoliberal— como una solución tecnológica milagrosa para subsanar las históricas falencias del sistema escolar en términos de calidad, cobertura y equidad. Esta narrativa modernizadora, profundamente funcional a los intereses del capital transnacional y de la industria tecnológica, ha naturalizado la incorporación de dispositivos digitales como un fin en sí mismo, desprovisto de una reflexión crítica y situada sobre sus implicancias en el proceso formativo integral de niñas, niños y adolescentes.
Esta estrategia ha sido promovida sin atender a las dimensiones subjetivas, relacionales y afectivas que configuran el acto educativo como un vínculo humano antes que un mero proceso de transmisión de contenidos. En efecto, diversas voces expertas han alertado sobre las consecuencias profundas —aunque frecuentemente invisibilizadas— del uso intensivo, acrítico y no mediado de tecnologías digitales en el espacio escolar. Estas prácticas no sólo erosionan los lazos pedagógicos, sino que también debilitan el desarrollo emocional, la empatía y la capacidad de construir comunidad, reproduciendo una lógica de individualismo competitivo y desconexión afectiva que se alinea con los dispositivos de control propios de la racionalidad neoliberal.
Lejos de constituir una herramienta emancipadora, la digitalización impuesta desde arriba y sin diálogo con las comunidades educativas opera como un nuevo mecanismo de disciplinamiento y fragmentación subjetiva, que convierte la experiencia escolar en un espacio cada vez más despojado de sentido colectivo.

Digitalización sin mediación afectiva: una pedagogía sin rostro
Uno de los riesgos más alarmantes de la tecnificación acrítica de la escuela neoliberal es su tendencia a sustituir el vínculo humano por la interfaz, desfigurando la praxis pedagógica hasta reducirla a un mero flujo de información descontextualizada. Esta lógica funcionalista, promovida por las élites tecnocráticas bajo el dogma de la eficiencia y la modernización, desplaza el corazón del acto educativo —el encuentro humano entre sujetxs— por un simulacro de comunicación mediado por pantallas, algoritmos y plataformas estandarizadas. En este marco, el aprendizaje se vacía de contenido afectivo y relacional, erosionando las condiciones mínimas para una formación integral, crítica y situada.
Se produce un empobrecimiento del desarrollo socioemocional, especialmente durante las etapas formativas iniciales, donde el contacto corporal, la mirada, la voz y la presencia del otrx como figura significativa son insustituibles en la construcción del sí mismo y la incorporación de normas sociales fundamentales como la empatía, la solidaridad, la cooperación y el autocuidado. Sin estos elementos, el proceso educativo se ve reducido a una lógica de inputs y outputs que despoja al sujeto de su complejidad afectiva, histórica y comunitaria.
La expansión desregulada del uso de dispositivos tecnológicos —acentuada brutalmente durante y después de la pandemia de COVID-19— ha dejado marcas profundas en una generación entera, afectando sus habilidades interpersonales, su capacidad de leer emocionalmente al otrx, de resolver conflictos en espacios de diálogo presencial o de construir relaciones horizontales basadas en el respeto mutuo. En las aulas chilenas post-pandemia, este fenómeno se manifiesta en signos cada vez más visibles: apatía generalizada, desvinculación emocional, quiebre de las dinámicas colectivas y aumento sostenido de conductas disruptivas. Estas no son anomalías individuales, sino síntomas estructurales de una pedagogía sin rostro que reproduce los valores de un sistema que deshumaniza, fragmenta y mercantiliza cada dimensión de la vida.
Para las y los que nos vinculamos de manera cotidiana en educación nos es urgente levantar una crítica radical a los discursos tecno- utópicos que, bajo el manto del progreso, promueven una educación estandarizada, despolitizada y carente de afectividad. La resistencia pasa por reivindicar una pedagogía del vínculo, encarnada en cuerpos presentes, en relaciones densas de cuidado y solidaridad, y en una práctica docente que se niegue a ser meramente operadora de plataformas digitales al servicio del capital cognitivo. Repolitizar la educación hoy implica defender el espacio escolar como un territorio de afectos, de construcción colectiva y de posibilidad histórica.
Políticas tecnocráticas: la ilusión de la neutralidad tecnológica
Adquiere una relevancia particular al develar cómo la digitalización educativa ha sido impulsada desde una lógica eminentemente tecnocrática, carente de toda reflexión ética, pedagógica o afectiva. Esta operación política —transversal a gobiernos tanto abiertamente neoliberales como autodenominados progresistas— se ha desplegado bajo el espejismo de la neutralidad tecnológica, promoviendo el acceso a dispositivos, plataformas digitales y conectividad como si ello constituyera, por sí solo, una garantía de justicia educativa. Tal narrativa tecnodeterminista oculta las relaciones de poder, las condiciones materiales y los sentidos culturales que median toda apropiación tecnológica.
El discurso ministerial ha privilegiado la distribución cuantitativa de herramientas digitales, sin detenerse a interrogar críticamente el para qué, el cómo y el con qué consecuencias se implementan dichas tecnologías en las comunidades escolares. De este modo, se reproduce una visión instrumental y despolitizada del proceso educativo, donde la técnica se impone como una fuerza autónoma, exenta de conflicto o ideología, cuando en realidad opera como vehículo de reproducción de la racionalidad neoliberal: individualista, competitiva y funcional al mercado.
La tecnología no es neutra, y su incorporación en el espacio escolar requiere mediación humana consciente, afectiva y determinada contextualmente. Este tipo de mediación no puede dejarse librado al azar ni al voluntarismo docente, sino que debiera ser el núcleo de cualquier política pública orientada al desarrollo integral del estudiantado. Sin embargo, lo que ha primado es una lógica de externalización, donde el Estado abdica de su responsabilidad pedagógica y delega —de manera implícita o explícita— la formación digital de niñas, niños y adolescentes a los intereses del mercado, las corporaciones tecnológicas y la improvisación cotidiana.
Esta omisión no es anecdótica, sino estructural: revela la profunda desconexión entre las decisiones gubernamentales y las necesidades concretas de las comunidades escolares, que no demandan únicamente hardware, sino también vínculos, cuidados y horizontes de sentido compartido. De esta manera, se impone la urgencia de disputar la hegemonía del discurso tecnocrático y construir colectivamente una pedagogía crítica de la tecnología, que ponga al centro la experiencia humana, el pensamiento emancipador y la reconstrucción del lazo social en la escuela como espacio de producción de subjetividades libres y solidarias.
La deshumanización del aula: tecnificación, agobio docente y ruptura del vínculo pedagógico

Paradójicamente, mientras las escuelas chilenas han sido progresivamente dotadas de dispositivos digitales —computadores, tablets, pizarras interactivas, plataformas de aula virtual y software de gestión escolar—, la calidad del vínculo pedagógico ha sufrido un deterioro alarmante. Esta contradicción, lejos de ser un efecto secundario no previsto, constituye una expresión estructural del modelo educativo neoliberal, que ha subordinado los fines pedagógicos a criterios de eficiencia, control y cuantificación.
Los y las docentes, sometidxs a una creciente sobrecarga laboral, se ven obligadxs a responder a una multiplicidad de exigencias administrativas y tecnológicas: rendir cuentas a través de plataformas digitales, alimentar bases de datos, aplicar evaluaciones estandarizadas y participar en procesos de formación en línea, muchas veces descontextualizados y vaciados de sentido. Esta lógica de gestión empresarial del trabajo educativo reduce el tiempo y el espacio disponibles para el encuentro pedagógico real: aquel que permite dialogar, escuchar, contener emocionalmente y acompañar de manera integral a las y los estudiantes.
Como consecuencia, el aula deja de ser un territorio de construcción colectiva del saber para convertirse en un espacio instrumentalizado, organizado en función de indicadores cuantificables, metas técnicas y resultados medibles. Se pierde así la dimensión relacional, afectiva y política de la educación, y con ello, la posibilidad de generar confianza, seguridad emocional, curiosidad epistémica y reflexión compartida: todos elementos fundamentales para una experiencia aprendizaje más profundo y duradero lo ocurre únicamente en contextos de seguridad afectiva. Es allí donde los vínculos humanos —el reconocimiento, el cuidado, la presencia atenta del otrx— operan como motores del desarrollo integral del sujeto, fortaleciendo su autoestima, su deseo de conocer y su capacidad de actuar en el mundo.
Cuando la tecnología, en lugar de ser mediada desde una perspectiva humanizadora, termina reemplazando esos vínculos, se despoja al acto educativo de su potencia transformadora. Se instala entonces una pedagogía de la desconexión, que naturaliza la fragmentación subjetiva, la indiferencia emocional y la lógica de adaptación acrítica al sistema. Ante esto, la disputa debe hacerse desde abajo, apostando por una rehumanización de la escuela, que no pase por el fetiche tecnológico, sino por la recuperación del vínculo pedagógico como fundamento ético y político del quehacer educativo.
Tecnología sin límites, escuela sin cuidado: la crisis emocional y convivencial del aula neoliberal

El impacto de la digitalización desregulada no se restringe únicamente a lo pedagógico; se proyecta también —y con fuerza devastadora— en los planos emocional y convivencial de la experiencia escolar. Diversos estudios, así como las vivencias cotidianas de docentes y comunidades educativas, han evidenciado que el uso indiscriminado de tecnologías digitales se correlaciona con el incremento de irritabilidad, ansiedad, retraimiento social y conductas agresivas en estudiantes, particularmente en las etapas escolares más sensibles. Este fenómeno no es un efecto colateral, sino una consecuencia estructural de haber naturalizado la presencia tecnológica sin mediación afectiva, sin reflexión crítica ni regulación contextualizada.
La ausencia de límites claros y de acompañamiento adulto consciente, sumada a la exposición constante a contenidos violentos, sexistas, hipersexualizados o alienantes en redes sociales, plataformas de streaming y videojuegos, ha contribuido significativamente al deterioro de la convivencia escolar. El aula, lejos de constituirse como un espacio de cuidado, respeto mutuo y aprendizaje colectivo, ha comenzado a reproducir las dinámicas tóxicas del ecosistema digital: hiperconectividad sin sentido, sobreestimulación emocional, banalización de la violencia y pérdida progresiva del lazo social.
Este deterioro se manifiesta en el aumento sostenido de episodios de bullying, agresiones físicas y simbólicas, y conflictos no resueltos que se incuban en el aislamiento afectivo y en la incapacidad creciente de reconocer al otrx como legítimx interlocutorx. Muchxs estudiantes recurren a las tecnologías no solo como herramienta escolar, sino como vía de escape emocional frente a contextos familiares y educativos desprovistos de contención. Este uso compulsivo e individualizado genera una dependencia que los aleja de sí mismxs y de lxs demás, privándolos de competencias esenciales como la regulación emocional, la expresión verbal de sentimientos o el desarrollo de la empatía.
En este sentido, las políticas públicas en educación han incurrido en una omisión grave y estructural: han ignorado la relación directa entre sobreexposición tecnológica y fragilidad emocional, contribuyendo con ello a la consolidación de un modelo educativo deshumanizado, incapaz de responder a las necesidades integrales del estudiantado. Este vacío crítico en la estrategia nacional de educación digital no puede ser subsanado con más dispositivos ni con más conectividad. Lo que está en juego es la necesidad de una pedagogía del vínculo, que devuelva a la escuela su dimensión ética, afectiva y política, y que desafíe frontalmente el mandato neoliberal de la eficiencia desprovista de humanidad.
Hacia una pedagogía digital emancipadora: rehumanizar la tecnología en la escuela
Frente al avance implacable del paradigma tecnocrático y la deshumanización creciente del espacio escolar, se vuelve urgente e ineludible reorientar radicalmente la relación entre tecnología y educación. Esta transformación no puede limitarse a meros ajustes técnicos, capacitaciones instrumentales o la prohibición de celulares en los colegios; debe partir desde una perspectiva psicoeducativa crítica, ética y profundamente humanizadora, que reconozca al sujeto-a como centro del proceso formativo y no como objeto de gestión o simple consumidor-a digital.
Algunas propuestas para una política pedagógica alternativa:
- Formación docente en alfabetización digital crítica y emocional: Urge desarrollar programas formativos que vayan más allá del dominio funcional de las herramientas digitales. Es indispensable dotar al profesorado de herramientas para analizar críticamente el impacto de la tecnología en los vínculos, la salud mental y la cultura escolar. Una alfabetización digital con enfoque ético y emocional permitiría posicionar a lxs docentes como mediadorxs conscientes, capaces de resistir la lógica de la automatización deshumanizante y reivindicar la dimensión afectiva del acto educativo.
- Regulación contextualizada y democrática del uso de pantallas: Las comunidades escolares deben avanzar hacia acuerdos colectivos que establezcan límites claros al uso de dispositivos en el aula, fomentando tiempos de desconexión, espacios libres de pantallas y actividades que reactiven la corporeidad, la expresión creativa y el encuentro presencial. Esta regulación no debe ser punitiva ni autoritaria, sino construida desde el diálogo intergeneracional y el reconocimiento de la necesidad de reaprender a habitar el cuerpo, la palabra y el silencio compartido.
- Tecnología al servicio del vínculo y la colectividad: La incorporación tecnológica debe subordinarse a los fines pedagógicos emancipadores. No se trata de sustituir al docente ni de automatizar los procesos de enseñanza-aprendizaje, sino de utilizar los recursos digitales como catalizadores del diálogo, la colaboración y la construcción conjunta del conocimiento. Reivindicar el rol insustituible del vínculo humano es resistir la pedagogía del algoritmo y afirmar una concepción política de la educación como práctica transformadora.
Corresponsabilidad familiar y comunitaria en el uso digital: Superar el aislamiento del aula exige integrar activamente a las familias en el proceso de alfabetización digital, promoviendo prácticas saludables, conversaciones críticas sobre los riesgos y el potencial de la tecnología, y construyendo acuerdos comunitarios que fortalezcan la convivencia, el cuidado mutuo y la soberanía educativa. Solo desde una ética del acompañamiento intergeneracional será posible construir un horizonte educativo que desafíe la lógica del consumo y restituya el sentido colectivo del aprender.



