Infancia, capitalismo algorítmico y disputa por el sujeto histórico
Por Juan Carlos Flores
La entrevista a Amanda Céspedes sobre infancia, pantallas, tiempo, lenguaje, empatía y creatividad permite abrir una discusión que desborda ampliamente el problema del uso de celulares. Céspedes aborda fundamentalmente sus consecuencias educativas, familiares y en el desarrollo infantil. A partir de esas preocupaciones, podemos formular una lectura política más amplia: ¿qué tipo de humanidad está produciendo el capitalismo contemporáneo y qué condiciones sociales permiten —o impiden— que las personas se constituyan como sujetos capaces de comprender y transformar su realidad?
1. La pantalla no es el problema: es también un síntoma
El problema no es simplemente el celular ni la cantidad de horas frente a una pantalla. La cuestión de fondo es qué forma de humanidad está produciendo el capitalismo contemporáneo.
La pantalla, muchas veces, no constituye únicamente la causa de un problema: también funciona como la solución privada a una crisis social. Familias agotadas, jornadas laborales extensas, precarización, falta de tiempo, sobrecarga de cuidados y ausencia de espacios comunitarios producen las condiciones en que una pantalla termina ocupando el lugar del juego, la conversación, el acompañamiento o incluso el descanso.
Por eso, no basta con decirle a una madre o a un padre: “apague el celular”. La pregunta política es mucho más profunda:
¿Qué condiciones materiales necesita una familia trabajadora para poder criar sin depender permanentemente de una pantalla?
La pantalla infantil, además, no puede separarse de la pantalla laboral adulta. El trabajo ha penetrado progresivamente el hogar y ha borrado las fronteras entre jornada laboral, descanso, crianza y vida familiar. El capitalismo siempre ha disputado nuestro tiempo de trabajo; hoy disputa también nuestro tiempo de descanso, nuestra atención, nuestros datos, nuestros vínculos y nuestra vida cotidiana.
2. Del sujeto neoliberal al sujeto algorítmico
Durante las últimas décadas, el neoliberalismo produjo un determinado tipo de sujeto: competitivo, endeudado, individualizado y obligado a concebirse como empresario de sí mismo.

Ahora asistimos a una transformación de esa individualización. El sujeto neoliberal adquiere una nueva infraestructura tecnológica y se convierte progresivamente en un sujeto algorítmico: permanentemente conectado, observado, clasificado, perfilado y crecientemente modelado por plataformas y sistemas de predicción.
Esto introduce una transformación fundamental. Dos trabajadores pueden compartir exactamente las mismas condiciones materiales de existencia y, sin embargo, habitar mundos informacionales completamente diferentes, construidos por los algoritmos que seleccionan aquello que cada uno ve, escucha, consume y considera relevante.
Nunca estuvimos tan conectados tecnológicamente. Pero conexión no significa comunidad; información no significa conocimiento; viralidad no significa conciencia; seguidores no significan fuerza social.
Una publicación puede alcanzar un millón de visualizaciones y no producir ninguna organización. Una reunión de veinte personas, en cambio, puede construir una organización capaz de sostenerse durante décadas.
La diferencia no está solamente en cuántas personas reciben un mensaje, sino en qué capacidades colectivas logra producir ese encuentro.
3. Del extractivismo territorial al extractivismo ampliado
La economía digital tampoco es inmaterial. Detrás de la inteligencia artificial, las plataformas y los dispositivos existen minería, agua, energía, cobre, litio, centros de datos, infraestructura y enormes cantidades de trabajo humano.
Por eso, al extractivismo de los territorios se agrega progresivamente un extractivismo de datos, atención, conocimiento, emociones y comportamientos.
Podemos hablar, entonces, de un extractivismo ampliado: el capital avanza sobre el territorio-tierra, pero también sobre el territorio-cuerpo, el territorio-tiempo y el territorio-mente.
La explotación ya no se limita a extraer recursos naturales o fuerza de trabajo. También busca capturar aquello que permite orientar nuestras decisiones: qué miramos, cuánto tiempo permanecemos conectados, qué deseamos, qué recordamos, qué compramos, qué pensamos y cómo nos relacionamos.
La mercancía ya no está únicamente fuera de nosotros. Nuestra propia experiencia cotidiana puede convertirse en materia prima para la acumulación.
4. La contradicción de la creatividad
Aquí aparece una contradicción decisiva respecto del trabajo futuro.
La automatización y la inteligencia artificial pueden reemplazar progresivamente numerosas funciones rutinarias. Por eso adquieren cada vez mayor importancia aquellas capacidades humanas capaces de hacer algo nuevo con la información: creatividad, conocimiento, interpretación, imaginación, pensamiento crítico, formulación de problemas, cooperación y juicio.
Pero el capitalismo contemporáneo produce una contradicción profunda:
necesita trabajadores cada vez más creativos y, al mismo tiempo, genera condiciones sociales que pueden debilitar la creatividad.
Necesita atención, pero construye plataformas que la fragmentan.
Necesita conocimiento, pero puede reducir la educación a información y rendimiento.
Necesita innovación, pero mercantiliza el tiempo necesario para experimentar, leer, jugar y crear.
Necesita capacidades relacionales, pero extiende formas de aislamiento y de interacción mediada.
De ahí que la diferencia entre información y conocimiento se vuelva estratégica.
La información puede almacenarse y recuperarse. El conocimiento exige comprender, relacionar, contextualizar, cuestionar y crear.
La inteligencia artificial puede producir respuestas. Pero ninguna sociedad puede sostener su capacidad transformadora si pierde la facultad de formular las preguntas que todavía no tienen respuesta.
5. La desigualdad también se vuelve cognitiva
Esta transformación tecnológica abre una nueva dimensión de la desigualdad de clase.
Una minoría puede acceder a una educación orientada a diseñar, controlar y utilizar creativamente las nuevas tecnologías, mientras amplios sectores populares pueden quedar reducidos a consumirlas, ser vigilados por ellas o realizar trabajos subordinados a sus sistemas.
Mientras algunos diseñan los algoritmos, otros son clasificados por ellos.
Por eso sería profundamente equivocado hablar de un supuesto “deterioro cognitivo del pueblo”. Esa formulación transforma las consecuencias de la desigualdad en un defecto de los propios sectores populares.
Es más preciso hablar de desposesión cognitiva y relacional: la pérdida o reducción de las condiciones sociales necesarias para leer, pensar, conversar, imaginar, descansar, recordar, crear y organizarse.
La pregunta, entonces, deja de ser simplemente cuánto saben o cuánto leen determinados grupos sociales. Debemos preguntarnos:
¿Quién posee el tiempo, los espacios, los recursos y las condiciones necesarias para desarrollar plenamente sus capacidades humanas?
6. De la experiencia individual a la conciencia colectiva
Todo esto conecta directamente con el problema del sujeto histórico.
La explotación no produce automáticamente conciencia.
El sufrimiento individual no se transforma por sí mismo en comprensión colectiva. Para convertir una experiencia particular en conciencia social necesitamos lenguaje, memoria, atención, imaginación, vínculos, cooperación, organización y, fundamentalmente, tiempo.
Por eso, la disputa por estas capacidades comienza también a formar parte de la lucha de clases.
Una persona dice:
“Estoy agotado”.
La conciencia colectiva puede transformar esa experiencia en:
“El capital se está apropiando de nuestro tiempo de vida”.
Una familia dice:
“No tengo tiempo para criar”.
La política puede convertir esa experiencia en:
“Existe una crisis social de los cuidados”.
Una persona dice:
“No puedo dejar el teléfono”.
La elaboración colectiva puede revelar:
“Existe una industria cuya rentabilidad depende de capturar nuestra atención”.
El tránsito fundamental consiste en pasar de la experiencia aislada a la interpretación colectiva, y de esta interpretación a la organización capaz de transformar las condiciones que producen esa experiencia.
7. Reproducir fuerza de trabajo o reproducir inteligencia colectiva
Aquí aparece una cuestión estratégica.
Un pueblo necesita reproducir no solamente su fuerza de trabajo, sino también su inteligencia colectiva.
Necesita reproducir memoria, lenguaje, imaginación, conocimiento, cooperación, capacidad de análisis y capacidad de decidir.
La reproducción de la vida no consiste únicamente en garantizar que las personas puedan volver a trabajar al día siguiente. También implica garantizar las condiciones para que puedan pensar, crear, relacionarse, descansar, recordar, organizarse y decidir sobre su propio destino.
Por eso, una de las contradicciones fundamentales del presente puede comprenderse como una disputa entre:
la reproducción ampliada del capital y la reproducción ampliada de la vida.
Esta contradicción permite comprender por qué la discusión sobre pantallas, infancia, atención, creatividad y tiempo no constituye un asunto secundario. En ella se juega una disputa mucho mayor por las condiciones materiales y culturales de nuestra humanidad.
8. Recuperar el tiempo, la atención y la vida
De esta reflexión emerge una demanda popular concreta:
RECUPERAR EL TIEMPO, LA ATENCIÓN Y LA VIDA
Tiempo para criar.
Tiempo para cuidar.
Tiempo para jugar.
Tiempo para leer.
Tiempo para crear.
Tiempo para conversar.
Tiempo para descansar.
Tiempo para organizarnos.
Tiempo para vivir.
No se trata de regresar a una sociedad sin tecnología. Se trata, exactamente, de lo contrario: construir una relación social con la tecnología que permita liberar tiempo y capacidades humanas, en lugar de convertirlas en nuevas fuentes de acumulación.
La automatización debería reducir la jornada laboral, no condenar al desempleo.
La inteligencia artificial debería socializar el conocimiento, no concentrarlo.
Los datos deberían estar al servicio de las personas y las comunidades, no convertirlas en mercancías.
La tecnología debería ampliar nuestras capacidades de decisión, no reemplazarlas.
Y la educación debería preparar a las nuevas generaciones no solamente para trabajar, sino también para comprender, crear, cooperar y transformar el mundo.
9. La disputa final: ¿quién decide nuestro futuro?
La cuestión de fondo no es si debemos usar o prohibir las pantallas. Tampoco consiste en idealizar un pasado sin tecnología.
La pregunta verdaderamente política es quién controla las condiciones materiales, tecnológicas y culturales bajo las cuales desarrollamos nuestras capacidades humanas.
Si el capital controla nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros datos y nuestros vínculos, también puede condicionar nuestra capacidad de imaginar futuros diferentes.
Pero si esas capacidades son recuperadas y organizadas colectivamente, la tecnología puede dejar de ser un mecanismo de captura y convertirse en una herramienta de emancipación.
Por eso, la disputa contemporánea no ocurre solamente en el lugar de trabajo, en el salario o en el territorio. Ocurre también en la escuela, en la familia, en el descanso, en la atención, en el lenguaje, en la memoria, en los vínculos y en nuestra capacidad de pensar colectivamente.
Está en disputa nuestra capacidad de constituirnos como sujetos de nuestra propia historia.
Y esa disputa comienza por una pregunta aparentemente sencilla, pero profundamente política:

