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No es solo un giro a la derecha: Estamos en un interregno histórico

by Nahuel
febrero 18, 2026
in Voces del Sur
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No es solo un giro a la derecha: Estamos en un interregno histórico
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Por Nahuel

La tentación de explicar el momento actual como un simple “giro a la derecha” o como una pausa en el ciclo progresista latinoamericano es comprensible, pero insuficiente. Lo que atravesamos no es un cambio de humor electoral, sino un interregno sistémico: el orden neoliberal global pierde capacidad de estabilizarse, pero todavía no emerge una alternativa estructurada que lo sustituya. No estamos frente a una crisis episódica; estamos ante una crisis orgánica que compromete simultáneamente la economía, la legitimidad institucional, la hegemonía geopolítica, el equilibrio ecológico y la producción del sentido común.

Lejos de invitar al fatalismo, este diagnóstico obliga a elevar la mirada. Las crisis orgánicas son momentos de reconfiguración histórica. No determinan automáticamente su desenlace. Lo que está en juego es qué bloque social logrará articular dirección moral, intelectual y material sobre la sociedad.

El capitalismo tardío enfrenta límites estructurales evidentes. La rentabilidad industrial tradicional se debilita, la financiarización desplaza a la producción, la desigualdad erosiona la cohesión social y la crisis ecológica impone fronteras materiales que ya no pueden ignorarse. En este contexto, la gobernabilidad se sostiene cada vez menos en el consenso y cada vez más en la coerción.

Sin embargo, el capital no se retira ante sus propias contradicciones: se reorganiza. Militariza territorios y políticas públicas, judicializa la disputa política, digitaliza el control social y fragmenta subjetividades mediante precarización y polarización cultural. Esta reorganización no resuelve la crisis, pero intenta administrarla, conteniendo sus efectos sin transformar sus causas.

A escala global, vivimos una transición hegemónica incompleta. Estados Unidos conserva supremacía militar; China consolida su peso productivo y tecnológico; Europa pierde autonomía estratégica; el Sur Global oscila entre subordinación y búsqueda de margen propio. No hay una multipolaridad estable, sino competencia permanente. Cuando el bloque dominante no logra dirección intelectual y moral, recurre con mayor frecuencia a sanciones económicas, militarización regional y disciplinamiento financiero. América Latina, históricamente periférica, recibe de manera directa estas tensiones.

En nuestra región se consolidan tres tendencias simultáneas: un Estado securitario que responde al conflicto social con control y militarización; un Estado extractivista subordinado a la exportación primaria de minerales, energía y alimentos; y un Estado tecnocrático debilitado, con instituciones deslegitimadas y fragmentación parlamentaria. En Chile, esta combinación se expresa en crisis ambiental persistente, conflictos territoriales no resueltos, deterioro educativo y creciente judicialización de élites políticas y económicas. El modelo posdictatorial muestra signos de agotamiento estructural.

La crisis orgánica abre, inevitablemente, una disputa por hegemonía. Hoy se enfrentan al menos tres orientaciones: una restauración conservadora que mezcla neoliberalismo con autoritarismo cultural y securitario; un reformismo progresista que introduce correcciones parciales sin ruptura estructural; y un proyecto popular soberanista aún en construcción, que intenta articular poder popular, justicia social y transición eco- socialista. La paradoja es evidente: mientras la restauración conservadora logra niveles significativos de coordinación regional, las fuerzas populares permanecen fragmentadas.

La dimensión ecológica atraviesa todo este escenario. El cambio climático, los incendios masivos, la crisis hídrica y los desplazamientos humanos no son anomalías externas al sistema; son consecuencia directa del modelo extractivista. La transición energética, si queda en manos de las mismas lógicas corporativas, puede reproducir el extractivismo bajo nuevos insumos estratégicos como el litio. La cuestión ambiental no es sectorial: es estructural.

A ello se suma un elemento decisivo: la hegemonía contemporánea se construye en plataformas digitales privadas que producen sentido común. La disputa política ya no se libra en sindicatos o parlamentos. Algoritmos y redes segmentan audiencias, moldean percepciones y amplifican polarizaciones. Ignorar este terreno es ceder la batalla ideológica antes de librarla.

Por eso, lo que vivimos no es simplemente “derechización”, sino una reorganización defensiva del capital ante su propia crisis. Mientras el capital militariza, judicializa, digitaliza y fragmenta, los sectores populares no han logrado aún articular un proyecto continental coherente, ni consolidar una alternativa económica integral, ni sintetizar de manera estratégica la lucha ecológica, social y democrática.

El viejo orden no logra estabilizarse; el nuevo no logra nacer plenamente. Y en ese interregno proliferan formas autoritarias.

Frente a este escenario, el desafío no es electoral. Las elecciones han demostrado sus límites como mecanismo suficiente de transformación estructural. Sin organización social, sin construcción territorial y sin proyecto económico alternativo, los cambios de gobierno no alteran las bases del modelo. La construcción de poder popular es una tarea permanente, no subordinada a calendarios institucionales.

Asumir la estructuralidad de la crisis implica disputar la matriz productiva, la estructura financiera y la forma estatal. Supone articular soberanía económica con transición ecológica justa; reconstruir un internacionalismo latinoamericano que supere el aislamiento nacional; y disputar la infraestructura ideológica digital donde hoy se fabrica buena parte del consenso.

La etapa no está cerrada. La crisis abre una bifurcación histórica: puede consolidarse una arquitectura autoritaria de dominación global o puede emerger un nuevo bloque histórico con capacidad de dirección transformadora. La historia no se resuelve automáticamente. Se define en la correlación de fuerzas que seamos capaces de construir.

El debate no es académico ni abstracto. Es político. Y su desenlace dependerá de si logramos transformar el diagnóstico en organización, la organización en programa y el programa en fuerza social capaz de disputar el futuro.

Nahuel

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